El hombre que en la montaña
—por la cruz de algún camino—
oye la voz del destino,
se aleja de su cabaña.
Y prosiguiendo su hazaña
se dirige al porvenir
una esperanza a seguir.
Mas no ha de volver la cara,
pues la vida es senda rara:
en la vida todo es ir.
(fragmento del poema "En la vida todo es ir"
de Juan Antonio Corretjer)
Esta reflexión, que también es algo que he venido rumiando por algún tiempo, va como respuesta a un pedido de una amiga que vive fuera de Puerto Rico en reacción al escrito “El complejo de ser puertorriqueño”. Quería escribir sobre esto, pero no lo había hecho porque estaba madurando la idea; pero creo que, como se han estado dando las cosas, es justo y pertinente hacerlo en este momento. Y lo siento, pero me salió largo. Mis disculpas.
Vuelvo y digo que este es mi particular punto de vista y cada quién puede estar de acuerdo o no con lo que escribo; esa es su prerrogativa. Y si no pensamos lo mismo, pues no pasa nada. Cada uno tiene sus ideas y puntos de vista y deben respetarse. No podemos ir por el mundo imponiendo las nuestras. Bastantes imposiciones nos han hecho y miren cómo nos va.
Antes de entrar en materia, quiero poner algo en perspectiva. Estuvimos por muchos años pensando que estábamos bien, boyantes, que no nos faltaba nada, que lo teníamos todo; que éramos tan buenos y estábamos tan bien que la gente quería venir a Puerto Rico a buscar un mejor porvenir. Éramos la envidia de los demás países latinoamericanos. Para nosotros tener emigrantes era lo lógico, lo normal; emigrar nosotros, ¡jamás!. ¿Por qué? ¡Si somos el ombligo del mundo! Pensábamos que éramos la panacea del Caribe. De tanto que nos lo dijeron y nosotros de repetirlo, nos lo creímos…