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| Detalle de la obra Pollice Verso (1872) del artista francés Jean-León Gérome |
Anoche terminó el juicio a Pablo Casellas. La noche fue una de victoria, de derrota, de felicidad, de dolor, de júbilo, de tristeza, de reivindicación, de duelo, de satisfacción, de pena; todo dependiendo de quién fuera o cómo cada quién lo viera. Hubo de todo y no hubo de nada, fue una noche rara.
Aclaro, porque lo creo pertinente, que no estoy a favor o en contra de la sentencia. Como todo el mundo tengo mi opinión al respecto. Pero no me corresponde adjudicar culpas, decir si la mató o no, si el jurado actuó bien o no, o lo que sea. No tengo que pasar juicio sobre nada. Creo en el sistema judicial del país y aunque en ciertas ocasiones he pensado que se ha errado en alguna cosa, siempre he respetado su decisión, porque es lo que corresponde; porque soy una persona de ley y orden que respeta nuestras instituciones.
A partir del veredicto, lo que he visto tanto en los medios tradicionales como en los sociales me recordó los tiempos de la antigua Roma donde los presentes en el Coliseo o en el Circo, junto al emperador, decidían la vida de los gladiadores levantando o bajando el dedo pulgar. Aquí, desde hace tiempo, bajamos el pulgar. Me erizo. Por eso, esta reflexión.
