Me gusta el fútbol, como muchos otros deportes. Lo conocí gracias un grupo de amigas de países con tradición futbolística. Llevamos juntas varios mundiales, copas de este lado del charco y del otro, olimpiadas, campeonatos de ligas, etc., compartiendo las victorias y apoyando en las derrotas.
Gracias a ellas hace mucho tiempo, cuando era solo ‘La Pulga’, tenía melena y estaba libre de tatuajes -bueno, visibles-, supe sobre Lionel Messi. Lo comencé a seguir como el jugador extraordinario que es. Aprendí a admirar y respetar al zurdo -tenía que serlo- por su genialidad y habilidad.
La declaración de Messi de que no vestirá más la camiseta albiceleste, luego de la derrota de Argentina ante Chile en la final de Copa América, edición centenario, ha creado un debate increíble. Todo esto me puso a pensar y como yo también quiero opinar, pues me trepé en la sillita.
Y aquí no voy a hablar ni de estadísticas, ni voy a compararlo con nadie. Tampoco voy a cuestionarle su genialidad por no haber ganado un título con la selección argentina, ni nada de esas cosas. Mucho menos, meterme con lo que sientan por él los hinchas argentinos. Por ahí no van los tiros.
